sábado, 10 de octubre de 2026

Acerca de la responsabilidad sobre nuestros propios actos

Me gustaría comenzar esta entrada del blog con una pregunta aparentemente muy sencilla:

¿Existe alguna razón en particular por la que podamos librarnos de absolutamente toda responsabilidad sobre nuestros propios actos?

A primera vista, podríamos responder afirmativamente. No siempre actuamos de manera plenamente consciente y voluntaria: provocamos daño sin intención, desconocemos las consecuencias de nuestras decisiones o atravesamos circunstancias que limitan nuestra capacidad para comprender lo que hacemos.

Mero cristianismo
(1952)
Conviene, no obstante, distinguir entre haber causado un determinado mal, ser responsables de las decisiones que lo hicieron posible y merecer un reproche por ellas. Estas tres cuestiones no siempre coinciden.

Quizá, por lo tanto, estemos confundiendo cuestiones diferentes. Una cosa es que ciertas circunstancias puedan atenuar nuestra responsabilidad y otra muy distinta que nos eximan automáticamente de ella. Creo que esta distinción merece una reflexión más profunda.

C. S. Lewis observa, en Mero cristianismo, que cuando los demás nos tratan injustamente apelamos a ciertos principios de justicia; en cambio, cuando somos nosotros los que incumplimos estos principios, encontramos enseguida excusas que nos justifican. Esa misma necesidad de justificarnos pone de manifiesto hasta qué punto reconocemos determinadas obligaciones morales.

Suma teológica
(1265-1273)
Por su parte, santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica, relaciona la responsabilidad moral con el conocimiento y la voluntad: no podemos valorar del mismo modo una acción libre y otra realizada sin las capacidades necesarias para comprenderla o dirigirla. Pero no es lo mismo desconocer algo imposible de conocer que no habernos informado cuando debíamos hacerlo. Quien provoca un accidente conduciendo imprudentemente no carece de toda responsabilidad por no haber deseado el mal causado: también debemos responder de las decisiones anteriores que lo hicieron posible.

Otra circunstancia que puede condicionar nuestra libertad es la presión ejercida por una figura de autoridad. En este sentido, considero especialmente interesantes los experimentos realizados por el psicólogo Stanley Milgram durante la década de 1960 sobre la obediencia a la autoridad. En ellos, numerosos participantes llegaron a administrar lo que creían que eran descargas eléctricas peligrosas a otras personas, siguiendo las instrucciones de un investigador. Aunque las descargas eran simuladas, los resultados mostraron cuánto puede influir la autoridad en nuestras decisiones.

Experimento de Milgram
(década de 1960)
No obstante, ¿podemos considerar que una persona queda completamente exenta de responsabilidad moral por el simple hecho de estar obedeciendo órdenes? Me parece que no necesariamente. La presión de una autoridad puede condicionar nuestra libertad y atenuar nuestra responsabilidad, pero no implica por sí misma que hayamos perdido toda capacidad de decisión. Como nos recuerda santo Tomás de Aquino, para valorar justamente una acción debemos examinar en qué medida fue verdaderamente voluntaria y qué posibilidades reales tenía la persona de actuar de otro modo.

Immanuel Kant, por su parte, sitúa la moralidad en nuestra capacidad racional de reconocer nuestros deberes: su imperativo categórico nos invita a preguntarnos si los principios de nuestras decisiones podrían convertirse en leyes universales. La filósofa alemana Claudia Blöser, profesora de Filosofía Práctica en la Universidad de Colonia y especialista en la ética kantiana, ha mostrado que la filosofía de Kant permite reconocer diferentes grados de responsabilidad moral: las circunstancias pueden modificar el reproche que merece nuestra conducta sin eliminar necesariamente nuestras obligaciones.

Fundamentación
de la metafísica
de las costumbres
(1785)

Desde otra perspectiva, Alasdair MacIntyre, en After Virtue (Tras la virtud), nos recuerda que nuestras vidas poseen una continuidad narrativa: somos responsables ante los demás porque nuestras acciones forman parte de relaciones humanas con obligaciones de justicia, honestidad y respeto. La moralidad no se reduce a cumplir normas; exige cultivar virtudes mediante nuestras decisiones cotidianas.

Pero nuestra responsabilidad moral no se limita necesariamente a aquello que hacemos. Desde la tradición cristiana, el pecado de omisión nos recuerda que también podemos ser responsables de aquello que dejamos de hacer cuando tenemos el deber, el conocimiento y la posibilidad real de actuar.

No toda inacción constituye una falta moral, pero tampoco podemos considerar que permanecer al margen de una situación nos libera automáticamente de nuestras obligaciones hacia los demás. Como reflexionaba en una entrada previa de este blog, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno puede constituir, en determinadas circunstancias, una forma de desentendernos de nuestras obligaciones.

Universidad de Colonia
En La abolición del hombre, Lewis advierte del peligro de una educación que desarrolla la inteligencia sin cultivar las virtudes y la sensibilidad moral, y defiende la existencia de unos principios morales fundamentales, que denomina Tao, compartidos por distintas tradiciones culturales y religiosas y considerados objetivamente válidos.

Como profesor universitario, he podido comprobar que nuestras decisiones profesionales y organizativas pueden tener consecuencias relevantes para otras personas, incluso cuando no existe intención de perjudicarlas. Creo que esto nos obliga a actuar con prudencia, escuchar a quienes puedan verse afectados y asumir nuestras responsabilidades en la medida de nuestras posibilidades.

Otra aportación particularmente valiosa de Lewis reside en el capítulo "La moralidad y el psicoanálisis", en el que distingue entre nuestras condiciones psicológicas y las decisiones morales que adoptamos a partir de ellas: padecer una alteración psicológica no equivale a cometer una falta moral; la valoración moral debe atender a lo que cada persona podía decidir dentro de sus circunstancias. Puesto que solo conocemos una parte de las circunstancias ajenas, debemos ser prudentes antes de emitir juicios morales absolutos.

Tras la virtud
(1981)
Esta prudencia resulta particularmente necesaria al examinar determinados acontecimientos reales y situaciones planteadas en la ficción.

Según informaba El País el pasado 29 de septiembre, el juez del caso de Lindsay Clancy - acusada de causar la muerte de sus tres hijos en 2023, tras un primer juicio declarado nulo - ha convocado una vista para el próximo 2 de noviembre. No pretendo determinar su responsabilidad penal ni realizar valoración clínica alguna. Pero el caso plantea una pregunta muy difícil: ¿hasta qué punto una alteración grave de la salud mental puede reducir la responsabilidad sobre las propias acciones? Si su capacidad para comprender los hechos o dirigir su conducta estaba gravemente alterada, no sería justo atribuirle automáticamente el mismo grado de responsabilidad. Ahora bien, comprender no equivale a justificar: tres niños perdieron la vida, y su dignidad debe estar presente en cualquier reflexión sobre los hechos.

Jurado nº 2
(2024)
La película Jurado nº 2, de Clint Eastwood, ilumina otra dimensión del problema. Su protagonista, miembro de un jurado popular, descubre que podría estar relacionado con la muerte que se juzga. Quizá no pudiera evitar el acontecimiento inicial, pero ¿podía haber actuado de otra manera después de conocerlo? Esas decisiones posteriores también forman parte de nuestra historia y de nuestra propia identidad moral.

Y la tragedia del vuelo 9525 de Germanwings, en 2015, nos recuerda que la responsabilidad no es únicamente individual: las organizaciones también deben examinar qué riesgos podían razonablemente conocer y prevenir. Sin olvidar que padecer una enfermedad mental no permite, por sí solo, considerar peligrosa a una persona; evitar la estigmatización me parece una exigencia de justicia.

El Macizo de los Trois-Évêchés.
Vuelo 9525 de Germanwings
Desde mi modo de entender la fe, la justicia y la misericordia no están enfrentadas. Ser justo exige reconocer la responsabilidad que verdaderamente corresponde a cada persona; ser misericordioso exige reconocer su dignidad y sus limitaciones. Como recuerda Lewis al hablar del perdón, amar a alguien no significa aprobar lo que hace: podemos comprender las circunstancias que limitaron su libertad sin negar el daño causado, y exigir responsabilidad sin renunciar a la compasión.

En este sentido, me parece particularmente ilustrativo el episodio de los Evangelios de los dos ladrones crucificados junto a Jesucristo, conocidos por la tradición cristiana como Dimas y Gestas. Según el Evangelio de Lucas (23, 39-43), mientras Gestas increpa a Jesús y le exige que los salve, Dimas reconoce que ambos están recibiendo las consecuencias de sus propios actos, al tiempo que afirma la inocencia de Cristo. Sin negar su responsabilidad ni pretender justificar su conducta, Dimas encuentra en Jesús una respuesta de misericordia y una promesa de salvación. Creo que este episodio nos invita a reflexionar sobre la importancia de reconocer nuestros propios errores y sobre la relación entre justicia, arrepentimiento y perdón. Asumir nuestras responsabilidades no significa que podamos evitar las consecuencias de nuestras acciones, pero tampoco implica que debamos renunciar a la posibilidad del perdón y de la redención.

Crucifixión de Jesús
(hacia el año 30 o 33 d. C.)
Para terminar, me gustaría recuperar la pregunta inicial.

¿Existe alguna razón en particular por la que podamos librarnos de absolutamente toda responsabilidad sobre nuestros propios actos?

La respuesta exige, creo, distinguir dos principios: ninguna circunstancia atenuante debería permitirnos eludir automáticamente el examen de nuestras propias responsabilidades; pero tampoco sería justo atribuir culpabilidad moral a quien carecía por completo de las capacidades necesarias para comprender o dirigir voluntariamente su acción.

En la medida en que podemos conocer, decidir y actuar, tenemos la obligación moral de responder por aquello que verdaderamente depende de nosotros. Y esa responsabilidad puede manifestarse tanto en nuestras acciones como en nuestras omisiones.

Quizá una de las mayores expresiones de nuestra madurez moral no consista en demostrar que nunca nos equivocamos, sino en reconocer nuestros errores, asumir aquello que verdaderamente nos corresponde y valorar las responsabilidades de los demás con prudencia, justicia y misericordia.

En resumen, reconocer nuestras limitaciones debería servirnos para comprender mejor cuáles son nuestras responsabilidades y procurar cumplirlas, no para eludirlas.


Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa,
Por eso ruego a Santa María siempre Virgen,
A los ángeles, a los Santos y a vosotros hermanos,
Que intercedáis por mí ante Dios Nuestro Señor
🙏

¡Feliz día de la Hispanidad!

Idea original y argumento principal por Pablo Gómez Abajo
Texto pulido y mejorado mediante IA generativa



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